lunes, 8 de noviembre de 2010

Dominicana: Algo más que una playa...

Arena y sol, pero también historia y cultura en uno de los destinos caribeños más recurrentes para los argentinos




PUNTA CANA.- "República Dominicana lo tiene todo." Con una sonrisa algo chueca y simplona, orgulloso de las fotos de paradisíacas playas locales en su celular, Pri soltó esas palabras mientras recorría con su mirada un lujoso lobby lleno de turistas.

Pocas veces, Priscilio, un tímido y taciturno chofer de buses, se había animado a abrir la boca durante el viaje. Pero esa vez sintió que pisaba sobre seguro: no hacía más que repetir el slogan impreso en las guías que las autoridades de Turismo local dejan en los hoteles.

Pero no por ser un producto del marketing el lema faltaba a la verdad. Es que a las playas de fina arena blanca bañadas en un Caribe turquesa, República Dominicana agrega la imponente infraestructura hotelera de la zona este, competencia directa de Cancún, y toda la autoridad histórica que otorga ser el país donde se inauguró el Nuevo Mundo.




La oferta dominicana es amplia. Boca Chica y Juan Dolio, la Romana y Bayahíbe, Samaná, la costa norte (fundamentalmente, Puerto Plata y Cabarete), Jarabacoa y Costanza o Barahona y Pedernales. Pero el país, el vecino rico de la pobre Haití, tiene dos brillantes estrellas: Punta Cana, en la costa este, y Santo Domingo, su capital. El turismo representa cerca del 10% del PBI dominicano.

Capcana, el futuro
Los grandes ventiladores son el único refresco para los más de 30°C -un promedio durante todo el año- que humedecen la ropa de los recién llegados al renovado aeropuerto de Punta Cana. La estructura, un gran quincho con techos de palma cana, tipo de palmera que le da nombre a la región turística, no esconde del todo las algodonadas nubes típicas de la temporada de lluvias.

Es tiempo de ciclones en el Caribe. Así son todos los años entre julio y fines de noviembre, aunque el sol no deja de decir presente de vez en cuando. Eso sí, los dominicanos agradecen que Jenny, el último huracán que provocó destrozos, haya sido hace seis años, en 2004.

Un taxi a la zona de grandes hoteles cuesta unos US$ 25. En el camino se abre la ruta hacia Capcana, el lugar que, piensan los dominicanos, se convertirá en exclusivo por la intensiva sumatoria de villas, hoteles y campos de golf. De estos últimos hay 27 en República Dominicana, pese a que el béisbol es el deporte más popular y Sammy Sosa el principal referente del país en las ligas norteamericanas.

A la región de Punta Cana se la conocía hace tiempo como Monte y Culebra. Pero eso fue antes de que se inaugurara allí el primer gran hotel, en 1979 (un Club Med). En 1994, la zona explotaría turísticamente y, pronto, se convertiría en destino de lujo, principalmente para viajeros europeos. Los carteles en cirílico develan parcialmente el futuro: los rusos ya son inversores y turistas privilegiados.

Punta Cana es all inclusive (todo incluido). No hay un centro definido, sino kilómetros de rutas internas bordeadas por una infraestructura a estrenar, similar a la que puede encontrarse en Miami, y paredones que terminan en las fastuosas entradas de nada menos que 58 hoteles cinco estrellas.

Para la mayoría de los turistas, cada uno con su respectiva pulserita, todo pasa dentro de estos resorts. Allí hay comida, bebida y, claro, playa sin límite.


En promedio, la habitación oscila entre US$ 170 y 250 dependiendo si se llega en temporada baja o alta. Como en casi todo el Caribe, las cadenas españolas son las grandes protagonistas. Pero existen muchas más opciones: Punta Cana representa el 60% del total de camas (35.000 habitaciones) en República Dominicana.

Pero si los 50 kilómetros de arena, el relax interminable y el exceso alimentario aburren, existen también algunas excursiones que, por ejemplo, se adentran en la cordillera oriental en busca de algo de color local. Allí, pasando un complejo de riña de gallos (legalizada en el país), competencias callejeras de dominó y uno de los hogares del dictador Rafael Leónidas Trujillo, se puede conocer una casa típica en la que todavía se producen café y cacao al estilo tradicional.

Con algo de suerte se podrán probar algunos platos criollos típicos como el mofongo (plátano asado, arroz, chicharrones de cerdo y ajo, todo servido en un pilón) o la bandera dominicana (habichuela, arroz y carne). Para beber, no hay dudas: la mamajuana (hierbas naturales utilizadas antiguamente para medicina, ron, miel y vino). Es también conocida como el viagra dominicano por sus supuestos poderes afrodisíacos.

Existe una historia folklórica sobre el origen de la mamajuana. Relata que un hacendado de la zona norte del país, ya entrado en años, buscaba casarse con una joven. Casi sin esperanzas pidió a la curandera de la zona, doña Juana, más conocida como la Mama, una poción mágica que lo ayudara en tal cometido. El final del cuento es abierto.

El paseo continúa en una estancia en la que se conoce un viejo trapiche. Allí se puede probar el guarapo: la esencia de la caña. Una bebida azucarada y refrescante que solía tomarse en las ciudades hasta que se reemplazó por la Presidente, la cerveza local.

El punto final del camino es la playa pública de Macao, un enclave en el que el mar Caribe y el océano Atlántico se unen. Quizás uno de los únicos lugares de la costa este en el que puedan encontrarse olas (un tip para los surfistas). En una loma al fondo de la playa, un Westin en construcción añade algo de cemento entre tanto verde.

Más allá de la costa
"Tome algo de vitamina R", dice el capitán. Es su forma de ofrecer ron (generalmente Brugal o Barceló) a los invitados. La bebida caribeña es una gran protagonista en el catamarán camino a Isla Sahona, otro paraíso de playas blancas, palmeras y agua transparente. El reggaeton (y no el merengue y la bachata, típicas del lugar) suena fuerte de fondo, mientras un negro y una negra, parte de la tripulación, hacen bailar a todos.

Es una de las excursiones clásicas. Cuesta US$ 89 e incluye el transfer desde el hotel hasta Bayahíbe (una hora), el catamarán (40 minutos), pescado y pollo a la parrilla en la isla, y un paseo por la llamada piscina natural: un impresionante banco de arena en medio del mar para hacer snorkeling en busca de estrellas marinas.

Otra de las opciones más recurrentes es nadar con delfines, tiburones y mantarrayas. Por US$ 120 se podrá acceder a la llamada Dolphin Island que, a pesar de su nombre, es más bien una plataforma a cinco minutos de la costa.

Como el día, la noche de Punta Cana suele vivirse en los hoteles. No faltan allí discos y casinos. Pero lo divertido está afuera. Después de una buena parrillada de mariscos frente al mar en Capitán Cook (en una zona llamada El Cortecito), las opciones para bailar son el turístico Imagine y el local Mangú.


El primero es bien original: se trata de un boliche dentro de una cueva en la que todavía puede verse algún que otro murciélago. Hoy es la disco de moda. El segundo, en cambio, es un lugar bastante caliente para el turista que sólo busca un poco de música.

Moneda
El tipo de cambio es US$ 1 = 37 pesos dominicanos. En los restaurantes, la propina -del 10%- viene incluida en la cuenta. Un taxi del aeropuerto a los principales hoteles cuesta unos 25 dólares.

FIESTA EN LAS CALLES DE SANTO DOMINGO
SANTO DOMINGO.- Los tambores se escuchan a lo lejos. El calor es sofocante entre la multitud. Los pañuelos verdes y rojos cortan el aire a toda velocidad siguiendo las notas de la música de palo -estilo norteño- que retumba en los grandes parlantes. Es 29 de septiembre y en Santo Domingo se venera a San Miguel -retazos de la santería aún presente en un país católico- ofreciéndole ron y tabaco.

Algunos fieles sostienen botellas de bebida blanca envueltas en bolsas de papel en sus manos. Las guaguas (combis privadas de transporte de pasajeros) y los motoconchos (motociclistas que hacen de taxistas) tocan sus bocinas.

Lejos se vislumbran las ruinas del monasterio de San Francisco, uno de los monumentos históricos que ofrece la primera urbanización del llamado Nuevo Mundo. La historia cuenta que, al llegar a América, Cristóbal Colón fue expulsado de las Bahamas y de Cuba por sus habitantes, pero logró fundar una villa en el norte de República Dominicana llamada La Isabela.

Quemado el asentamiento, instó a su hermano Bartolomé a crear Santo Domingo (La Nueva Isabela) al sur del país en 1496. Esa historia es parte del atractivo turístico local. E impulsó incluso la construcción de un monumental mausoleo al navegante que desde el aire tiene forma de cruz. Dentro de su cúpula de 80 metros de alto, se supone, se encuentran los restos de Colón. Aunque España, a contramano, dice tener sus cenizas en Sevilla.

En el casco histórico
Apenas se entra en el casco histórico aún amurallado se arriba a la santa basílica catedral metropolitana de Nuestra Señora de la Encarnación (la catedral, como se la conoce), la primera del Nuevo Mundo (1523), hecha de ladrillo y piedras caliza y coralina. Frente a la catedral, en una suerte de batalla entre lo nuevo y lo viejo, se instaló un Hard Rock Café. En esa calle, las joyerías buscan clientes para las piedras de larimar (joya celeste que sólo se encuentra en República Dominicana), aunque también se comercializan el ámbar y el coral negro.

En la esquina, por la calle peatonal El Conde, sobresale el campanario blanco y enrejado del Palacio Consistorial (municipal). La vía, con tiendas locales, restaurantes y artesanos, está iluminada por faroles negros de tres lámparas amarillentas y adornada con bancos de madera y baldosas blancas y rojas.

Quedan pocas casas coloniales originales de la época en que vivió Nicolás de Obando, primer gobernador (1502). Muchas fueron restauradas y son oficinas gubernamentales, bancos o embajadas. No obstante, todavía se mantienen veredas pequeñas y calles angostas y adoquinadas.





El camino sigue hasta el primer hospital de América, San Nicolás de Bari (1503-1508). Desde 1998, cuando el huracán George pasó por la ciudad, son sólo ruinas para visitar o utilizar como set de fotos para modelos. Insólitamente, la iglesia de la Virgen de Altagracia, al lado de la construcción, no sufrió daños.

Fotos de novios
Unos metros adelante, una subida empedrada hace vivir un déjà vu a los cinéfilos. Allí se filmaron algunas de las escenas de El Padrino II, representando en la ficción a La Habana. La calle Hostos, una curva de barandas verdes y casas de colores, es el lugar habitual de reunión de muchos dominicanos para sus tradicionales fiestas.

De vuelta en el monasterio de San Francisco, la calle Tejeda es la guía hacia La Casa de los Dulces y del Cordón. Esta última, donde se solía pesar el oro en tiempos coloniales, es hoy irónicamente una de las sedes del Banco Popular.

Los novios van y vienen. Caminan y se frenan. Sin perderles pisada, implacable, un fotógrafo los sigue alrededor de la plaza España intentando congelar el momento. Se paran bajo los impactantes arcos del alcázar de Colón, donde alguna vez vivió Diego, hijo de Cristóbal, con María de Toledo y sus siete hijos.





El bello palacio virreinal, con vista al río Ozama (que divide a la ciudad en la parte oriental y occidental), tiene 22 salas y luce espectacular en la noche dominicana. La plaza España, un escenario que tuvo entre sus actores al famoso corsario inglés Francis Drake, aparece hoy como un lugar ideal para cenar bajo la tenue luz de la historia.

PEQUEÑO DICCIONARIO DOMINICANO
Motoconcho: transporte en moto, servicio ofrecido en cada esquina.

Guagua: servicio privado de vans, de mucho uso entre los locales.

Vaina: cosa.

Pana: hermano.

Tigre: tipo.

Aplatanado: adaptado al ritmo de vida caribeño.

Chinola: maracuyá.

Toronja: pomelo.

Guineo: banana.

Lechosa: papaya.

Patilla: sandía.


Por Francisco Jueguen para La Nación, noviembre de 2010.

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