viernes, 6 de noviembre de 2009

Taiwan un tigre místico y tecnológico...




Crónica de un viaje al mundo high-tech de la isla de Taiwan, uno de los “tigres asiáticos” surgidos en las últimas décadas del siglo XX. Altísimos niveles de industrialización y desarrollo tecnológico y misteriosos templos donde los fieles siguen hablando con los dioses.

Si uno viaja a la provincia de Formosa y comienza a cavar la tierra con una pala sin parar, aparecerá exactamente en la isla de Taiwan, también llamada Formosa. Parece chiste, pero varios taiwaneses me lo comentaron muy en serio, ya que las coordenadas geográficas coinciden exactamente con la isla que los portugueses vieron muy “formosa” en el siglo XVI. Y si de comparaciones se trata, nuestra provincia de Formosa mide exactamente el doble de superficie que su contraparte oriental.

En sus escasos 36.200 km2, Taiwan alberga 23 millones de habitantes que aprovechan palmo a palmo hasta el último resquicio de terreno (es el segundo lugar con mayor densidad del mundo después de Bangladesh). El 63 por ciento de la isla es montañosa, así que ese espacio casi no sirve para vivir. Y para colmo, la estrategia de crecer hacia arriba con rascacielos como en Hong Kong tampoco es del todo práctica, porque están sobre una falla tectónica que convierte a la isla en terreno sísmico.


¿Cómo hacen? Por un lado, los taiwaneses están bien desperdigados por toda la isla, donde casi no quedan terrenos llanos sin ocupar. Un dato curioso es que en Taiwan no hay muchos pueblos pequeños, ya que casi todos se han convertido en ciudades. Otra estrategia llamativa consiste en no crear nuevos cementerios extendidos en el suelo: los hacen verticales en edificios de hasta veinte pisos. Además hay tres ciudades con subte y el espacio bajo tierra no se desaprovecha: en Taipei, por ejemplo, hay un gran mercado de ropa subterráneo. Pero cuando resulta más visible el esfuerzo por hacer rendir hasta el último centímetro de tierra es al viajar por el interior del país, donde se atraviesan pequeñas ciudades con plantaciones arroceras de apenas 40 m2 que rodean las casas de la zona urbanizada. En otras ocasiones se ve la pared de una fábrica marcándole un límite a una plantación. Y es en esa línea del muro de ladrillos que se roza con las hojitas alargadas del arroz donde está el eje de la puja entre el campo y la industria, que en Taiwan se salda claramente hacia el lado industrial.

Taiwan es uno de los “tigres asiáticos” surgidos en las últimas décadas del siglo XX, con un nivel de industrialización y desarrollo tecnológico entre los más altos del mundo. Por eso la agricultura se redujo al mínimo, los alimentos se importan y casi no hay más campo. Por eso proliferan por doquier las fábricas y las ciudades están cada vez más extendidas. Y quizá en un futuro próximo formen una única gran ciudad.

EL TUNEL MAS LARGO
Los taiwaneses tienen una relación muy especial con la tecnología y el avance tecnológico es incluso motivo de orgullo nacional. Las empresas taiwanesas producen, por ejemplo, el 83 por ciento de las notebooks del mundo. Un lugar similar ocupan con los semiconductores para hacer microchips. Pero también hay un goce especial cuando, gracias a la tecnología, doblegan la fuerza de la naturaleza. Entendí eso la tarde que me llevaron a conocer el túnel Hsuehshna, al sudeste de Taipei. La visita estaba en el itinerario y había que ir, pero la experiencia superó las expectativas. No tanto por el túnel en sí –igual a cualquier otro, pero más largo–, sino por servir de ejemplo para entender cuánto vale el tiempo en Taiwan.

El túnel mide 12,9 km y atraviesa una gran montaña de pura piedra. Su construcción fue una proeza ingenieril: fue cavado con un taladro similar a un torpedo gigante que agujereó la montaña de lado a lado en un fino trabajo de 15 años que costó 1,8 billón de dólares y 15 muertos. Hoy, gracias al túnel, se tarda sólo 40 minutos en ir de Toucheng a Taipei. Antes había que tomar una autopista que rodeaba la montaña y el trayecto entre ambas ciudades requería dos horas de viaje. No perder el tiempo y ser puntual son actitudes muy valoradas. Cada día de las tres semanas que estuve en Taiwan, las diferentes traductoras que me acompañaron aparecían en el lobby del hotel a las 9 de la mañana en punto, como si esperaran el momento exacto escondidas detrás de un jarrón. “La puntualidad es casi una obsesión para nosotros y está muy mal visto aquel que no cumple con ella”, me explicaba Amy, una de las traductoras.


TEMPLOS Y DIOSES
Tanta tecnología y racionalidad económica no están reñidas con la religión, que a veces hasta parecen ir de la mano. Un domingo a la tarde, en la ciudad de Kaoshiung, paseaba por un gran ingenio azucarero convertido en museo –en Taiwan ya no se produce azúcar–, cuando me topé con un templo taoísta muy pequeño, como una casita de un solo ambiente. Su austero frente tenía dos columnas rojas pintadas con ideogramas negros y una línea de lámparas esféricas de papel rojo colgando del techo. Al rato llegó una pareja joven en una motoneta. El se sacó el casco y, sin apagar el motor, entró al templo mientras ella esperaba junto a la moto. En tres minutos el muchacho prendió diez palitos de incienso en un mechero a gas, se arrodilló, hizo cinco reverencias, y los clavó en la arena de un inciensario de bronce. Trámite listo, se pusieron el casco y se marcharon. Ahí nomás llegó otra pareja de mayor edad, también en moto. La mujer estaba completamente pelada y traía varias bolsas de supermercado llenas de frutas. Había manzanas, ananás y variedades exóticas para ofrendar. Mientras ella colocaba un ramillete de bananas sobre una mesa, el marido le sacó una foto. Luego puso música litúrgica en un grabadorcito de 10 centímetros y comenzaron los preparativos para la celebración. Los esposos eran los “maestros” a cargo del templo y me explicaron que ese templo estaba “dedicado al Dios del dinero y la salud... si usted quiere ganar mucho dinero, es a este Dios al que le tiene que pedir”.

La relación con los dioses funciona más o menos así: uno pide o pregunta algo a determinado Dios –o a los propios antepasados de cada persona–, a quienes en cada casa se los venera con un altar coronado con el árbol genealógico de la familia, que llega a veces hasta veinte generaciones. Y el Dios –o el antepasado que habita en la casa– responde a través de dos maderitas llamadas puá pué, que tienen un lado plano y otro convexo. Si al lanzarlas ambas caen con la parte plana hacia abajo, la respuesta es “no”. Si cae una para arriba y otra para abajo, es “sí”. Y si caen las dos partes planas para arriba, la respuesta equivale a una carcajada de Dios y se puede tirar una vez más. Esto último le ocurrió a la pobre Lulú, la traductora y guía que me acompañó en esta visita, quien con cara de angustia ante el sarcasmo de Dios rezó un largo rato más y volvió a tirar. Pero recibió la misma respuesta evasiva y ya no le quedaba otra oportunidad. Aunque aprovechó la presencia de la “maestra” del templo para pedirle una excepción. Las reglas en verdad varían según cada templo y en este caso la mujer tomó las maderitas, rezó ella misma con sonidos guturales como de ultratumba para aflojar al Buda Pekong, y con total confianza lanzó y ganó. Frente a la respuesta afirmativa la mujer rió con ganas, al borde de la carcajada, como ostentando el poder de su magia ante un occidental incrédulo. Y Lulú se fue contenta, habiendo escuchado “de boca de Dios” lo que quería ella escuchar. Que “sí”.

Según datos oficiales, en Taiwan hay 4037 templos budistas y 8604 taoístas y cantidad de dioses compartidos por ambas religiones. Entre esos dioses está el Buda Pekong, el Dios del dinero y la salud en el panteón taoísta.


EL EDIFICIO MAS ALTO DEL MUNDO
El Taipei 101 es –todavía y por poco tiempo más–, el edificio más alto del mundo. Sobresale por muchas cabezas en el espacio aéreo de la ciudad, que no se caracteriza precisamente por sus rascacielos, ya que está en una zona sísmica. El edificio tiene algo de pagoda posmoderna y se sube casi hasta la cima por unos “ascensores bala” que se elevan a 45 km/h y serían los más rápidos del mundo.

En la noche, desde los ventanales del Taipei 101 se observa el espectáculo de la modernidad en su máxima expresión; un horizonte de luces y sombras donde se vislumbra apenas el esqueleto de una ciudad vacía y despersonalizada, como un fantasmal parque de diversiones en movimiento pero sin gente. Es la imagen de una ciudad muerta.

La mirada cenital desde el 101 debe ser como la de un Dios, pero la verdad es que se ve todo y no se ve nada. Por eso proliferan los telescopios a monedita que violan intimidades. Por unos parlantes suena la trompeta asordinada de Miles Davis y en el negocio de souvenires empleadas con delicadeza de geisha venden de todo, modelo 101: gorra, llavero, el edificio en miniatura, el bolsito, la cajita, el cuaderno, la lapicera, la postal con fotomontaje del turista, el vasito de licor y el chop, las tazas de té y de café, la agenda, el prendedor, la estampilla que ya no sirve, la almohadilla para el mouse, el paraguas, el calendario y lo que pueda llegar a haber escondido bajo el mostrador.

Como corresponde a un edificio high-tech, no hay guías de carne y hueso sino audioguías con una grabación interactiva. El aparatito, con acento madrileño, me lo dice muy claro al oído: “El Taipei 101 representa nuestros objetivos de llegar más allá de la perfección”. Más creíble me resulta cuando explica que el edificio mide 509 metros, que tiene 380 postes estabilizadores que se hunden 80 metros bajo la línea de cimientos, que ocho colosales pilares de acero rellenados con hormigón garantizan la estabilidad, y que las ventanas de cristal doble pueden soportar un impacto de 8 toneladas. Pero lo más asombroso es el gran amortiguador eólico que morigera el balanceo constante del gigante, según cómo sople el viento. Allí mismo, en el mirador, se puede ver su gran bola medular sostenida por cables de acero que funciona como un péndulo para enderezar el edificio, también en caso de terremoto. La bola pendular está cubierta por 41 capas de acero, mide 5,5 metros de diámetro y pesa 360 toneladas.


FINAL HIGH-TECH
A diferencia de otros países de Asia, Taiwan no es un lugar de grandes contrastes. Todo es más o menos moderno, la historia no está muy a la vista e incluso los templos parecen nuevos. No se ven grandes bolsones de pobreza y tampoco existe, como en Tailandia, el contraste entre la opulencia hipercapitalista y los monjes budistas que caminan en sandalias mendigando por la calle. Aquí la relación entre lo sagrado y lo profano es más natural, e incluso la tecnología ingresa sin pudores en los templos, donde se ven pantallas gigantes de cristal líquido y monjes que buscan en su blackberry una palabra en inglés o atienden sin problemas el celular delante de un Buda. Y hay maquinitas a moneda que entregan un rollito de papel rojo con predicciones taoístas. Al mismo tiempo, se ve gente común en un bar mirando la transmisión en vivo de la jornada completa de la Bolsa de Taipei, para después comprar acciones como quien apuesta a los caballos por diversión. Además hay un diario para chicos llamado The Mandarin Children News. Así es nomás la vida en la isla de Formosa, el punto más alejado del planeta para la Argentina, partiendo desde la provincia de Formosa.
Julían Varsasky para Pagina 12, domingo 30 de agosto de 2009

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